Existe clara conciencia del efecto negativo que sobre las personas tiene un entorno ruidoso. Las molestias que ocasiona pueden ser de muy distinta índole y van desde trastornos a
la hora de dormir e incapacidad para concentrarse hasta lesiones propiamente dichas, dependiendo de la intensidad y duración del ruido. La contaminación que éste produce se ha
convertido, en las grandes concentraciones urbanas y centros de producción, en un grave problema.
La expresión contaminación por ruido engloba una infinidad de problemas que de una u otra forma sufrimos a diario; el tráfico de los automóviles, los trenes y aviones, el elevado
nivel sonoro de algunos electrodomésticos constituyen tres ejemplos cotidianos. Cada uno de estos problemas necesita un análisis exhaustivo para poder arbitrar, desde el punto de
vista técnico y económico, medidas correctoras idóneas. Existe además otro elemento a tener en cuenta, que aumenta la complejidad del análisis. Se trata de la subjetividad del individuo
en lo que se refiere a la percepción y valoración del ruido desde el punto de vista del confort acústico. Un simple ejemplo ilustra mejor que mil palabras esta idea. El automovilista
es bien consciente de lo molestos que pueden resultar ruidos muy poco significativos -v.gr. el producido por un limpia parabrisas en mal estado, las pequeñas vibraciones del salpicadero
o el pequeño chirrido periódico de un amortiguador- respecto al nivel total de presión sonora. El hecho de que la percepción del sonido sea tan subjetiva es por tanto un factor esencial
a tener en cuenta a la hora de eliminar ruidos molestos, de aquí que el nivel de presión sonora no sea en modo alguno criterio suficiente, ni adecuado, para representar correctamente
las sensaciones reales del oído.
Cuando se pretende reducir los efectos nocivos del ruido sobre un receptor se puede abordar el problema estudiando la fuente, su vía de transmisión o el propio receptor. La reducción de la emisión de la fuente suele ser la medida correctora más eficaz, si bien resulta a veces insuficiente, además de implicar pérdidas, generalmente, de las prestaciones del elemento
emisor. Sin embargo se comprueba con frecuencia que no basta con limitar el estudio a la fuente sino que es necesario, además, abordar el problema de sus vías de propagación -una
combinación, en la mayoría de los casos, de transmisión por vía estructural y aérea- desde la fuente al receptor. Finalmente, cuando la atenuación conseguida al actuar sobre la fuente y
las vías de transmisión del ruido se considera insuficiente, no queda más remedio que acometer el aislamiento del receptor.




